Pensamiento · Educación
REVISTA MILETO
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REVISTA DIGITAL DE FILOSOFÍA, CIENCIA Y HUMANIDADES


IES - Pedro Muñoz Seca

La sabiduría de los antiguos. La alegría.
La alegría más grande es la inesperada (Sófocles).
Todo les sale bien a las personas de carácter dulce y alegre (Voltaire).
Los mejores médicos del mundo son: el doctor dieta, el doctor reposo y el doctor alegría (Jhonatan Swift).
La alegría de ver y entender es el más perfecto don de la naturaleza (Albert Einstein)
¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! Parece que uno quisiera dar su corazón, su alegría. ¡Y la alegría es contagiosa (Fiodor Dostoievsky).
Ten buena conciencia y tendrás siempre alegría… Si alguna alegría hay en el mundo la tiene seguramente el hombre de corazón puro (Thomas de Kempis).
La risa franca y sin maldad, es la alegría: ¿dónde encontrar la alegría en nuestra época y dónde encontrar a la gente que sepa estar alegre? (…) La alegría de una persona es su rasgo más revelador, juntamente con los pies y las manos. Hay caracteres que uno no llega a penetrar, pero un día esa persona estalla en una risa bien franca, y he aquí de golpe todo su carácter desplegado delante de uno. Tan sólo las personas que gozan del desarrollo más elevado y más feliz pueden tener una alegría comunicativa, es decir, irresistible y buena. No quiero hablar del desarrollo intelectual, sino del carácter, del conjunto de la buena persona. Por eso si quieren ustedes estudiar a una persona y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradla más bien cuando ríe. Si ríe bien, es que es buena.
El adolescente, Fiodor Dostoievsky . 1875
Revista Mileto
Un pavor impalpable se iba adueñando de mí. Le rocé con mis dedos la frente: el tenue contacto le estremeció. Los retiré otra vez. Otras percepciones iban mezclándose, encadenándose, a mi preocupación esencial. Una campana rompió, de pronto, el silencio de la madrugada, llamando a la primera misa. Era un tañido alegre, retozón, pero mi ambiente interior lo transformaba en lóbrego. Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas; que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos. Otra campana se oyó a lo lejos, más grave y austera. Encajé mentalmente la primera en el campanario de una ermita de torre airosa y esbelta; la segunda en un convento románico, mazacote, aplastado contra el suelo. Los repiques de ambas se combinaban dentro de mí alternando con la campana de mi corazón tocando a muerto. Me agaché y tomé a Alfredo sobre mi hombro. Alfredo no protestó de su incómoda postura. Había entrado ya en esa fase febril, en ese «dejarse llevar» voluptuoso que no exige comodidades, delicadeza ni holgura.
Miguel Delibes – La sombra del ciprés es alargada (1984)

