Pablo Sánchez Alférez
Vivimos en una época adicta al placer. Nos pasamos las horas en busca de dopamina, haciendo scroll para intentar llenar el día. Esto nos hace confundir la alegría con una felicidad momentánea. La alegría es una descarga de energía que nos anima a afrontar la realidad. Hace que queramos salir a por el mundo. Esto es algo escaso en la actualidad. Estamos dormidos gracias a unos chutes de dopamina que nos adormecen. No sabemos lo que es la alegría. Por eso debemos recurrir a grandes pensadores para intentar entender esta sensación.
Para Spinoza la alegría no era un sentimiento pasajero. La consideraba como un aumento de potencia, la transición de una perfección menor a una mayor. La alegría aumenta nuestra potencia de actuar, las ganas de vivir. Esta nos impulsa a ponernos en contacto con el mundo.
Nietzsche pensaba algo parecido, nombrándolo voluntad de poder. Para él nos movemos según esta voluntad. Todos la tenemos y es la que nos impulsa a vivir la vida con pasión, dionisiacamente. Esta voluntad es lo que nos proyecta a la realidad, a salir a relacionarnos con el mundo. Tenemos que proyectar esta voluntad, mostrar nuestra fortaleza y abandonar todo tipo de debilidad.
Por esto podemos decir que la alegría es un estado que hace que vayamos al doscientos por ciento. Es como un chute de adrenalina que nos anima a seguir, no nos deja estar quietos y nos lanza a actuar para que este efecto siga activo. Es algo indispensable en una sociedad, ya que nos anima a ponernos en contacto con los demás, a saludar con una sonrisa. La alegría nos impulsa a desplegar nuestra fortaleza, nuestra corporeidad.
Sin embargo, esta de moda hacerse la víctima. Es más fácil ser débil y quejarse que luchar y mostrar nuestra fortaleza. Esta mejor recompensada la debilidad, hasta el punto que estamos acostumbrados a atacar al que tiene más, al que es más fuerte. Esto es algo que vemos en el día a día. Cada vez estamos más recluidos. Cuesta más encontrar gente en la calle y es extraño si saludan. Hemos dejado de proyectarnos a la realidad y hemos pasado a proyectarnos en el mundo virtual. Pero ese no es nuestro mundo.
Es por esto que hoy en día no experimentamos lo que es la alegría, nos estamos privando de ella. El estar todo el día pegado a una pantalla nos aplaca, nos recluye en nuestras casas. Para vivir una vida plena debemos lanzarnos al mundo, sin miedo. Debemos escuchar a estos pensadores y empezar a retomar nuestra voluntad. Tenemos que dejar atrás lo que nos frena, los que nos hace débiles y empezar a vivir nuestra existencia. No podemos dejar escapar ningún momento.

