Diego Roldán Chamorro
Nunca habíamos tenido tanto, y sin embargo, una pregunta siempre está en nuestra cabeza ¿se puede ser feliz hoy? No es solo una duda personal, sino un eco filosófico que lleva retumbando en las paredes de la sociedad desde siglos ha, de Epicuro hasta Nietzsche, pasando por John Stuart Mill. Tres caminos de un laberinto con distintas salidas y ahora veremos el recorrido que ofrecen estos.
Nietzsche fue quien inició el pensamiento más controversial. Con la caída de los valores tradicionales y “la muerte de Dios”, la sociedad de occidente se encontraba en un profundo pozo y aquí es donde emerge el nihilismo, la sensación de que el mundo ha perdido el sentido. Ya no hay un “por qué” claro, y en ese vacío, la felicidad se vuelve frágil, casi imposible de lograr. Sin embargo Nietzsche rechaza los valores supremos y crea unos valores propios, como la alegría trágica. No se trata de ser feliz ignorando el dolor, sino de abrazar la vida en su totalidad, incluso su caos. Es una felicidad que no promete ningún tipo de consuelo metafísico, pero sí autenticidad.
Frente a esta visión, el utilitarismo de Mill introduce una brújula distinta. ¿Y si la felicidad no fuera solo una experiencia individual, sino una cuestión moral? Según él, lo correcto es aquello que genera la mayor felicidad para el mayor número de personas. Pero las personas no se pueden tratar como las matemáticas, ni se puede contemplar esta situación como una simple ecuación, no todos los placeres valen lo mismo, y no todo puede justificarse en nombre del bienestar colectivo porque incluso esto puede ser inmoral viéndolo desde otras perspectivas. Así, la felicidad deja de ser solo un sentimiento y se convierte en responsabilidad. Cada decisión, por pequeña que sea, participa en el equilibrio entre el bien propio y el ajeno, la alegría de uno y la alegría de los demás, pues si tienes que sacrificar tu felicidad por la de otros está bien desde el punto moral, pero esto solo te perjudica a ti. Algo de lo que Maquiavelo estaría en contra, en el mundo real las decisiones son morales, de ahí la cita “El fin justifica los medios”.
Y entonces aparece Epicuro, recordándonos algo que el sistema moderno tiende a olvidar, la felicidad también puede ser simple. Para él, el hombre feliz no es el que experimenta los placeres más intensos sino el que consigue evitar el sufrimiento, lograr la ausencia del dolor y encontrar la calma y el equilibrio. Una vida tranquila, sin miedos innecesarios, donde el disfrute no depende de la intensidad, sino de la serenidad. Esto es lo que Epicuro llamaba la Ataraxia, un concepto cercano al cinismo, solo lograrás la felicidad con una vida sencilla, criticando los estándares sociales y la riqueza, la virtud te dará la felicidad.
Pero esta calma contrasta con otra fuerza que Nietzsche rescata, lo dionisíaco. Aquí el placer es desbordamiento, impulso, vida sin filtros. No evita el sufrimiento, lo atraviesa; acepta la crueldad del mundo y vive como desees. Entre la serenidad de Epicuro y la intensidad dionisíaca, entre la responsabilidad moral de Mill y el desafío existencial de Nietzsche, la felicidad deja de ser una definición única. Se convierte en un objetivo con diversos caminos que llevan a distintos conceptos de la felicidad.
¿Se puede ser feliz hoy?
Quizá sí, pero no como una fórmula perfecta, no de manera permanente, y no de una manera determinada. Tal vez la felicidad sea más bien un arte, el de crear sentido en medio del vacío, el de actuar pensando en los demás sin olvidarse de uno mismo, el de disfrutar tanto de la calma como del caos, esto empleando los conceptos tratados, pero siempre podemos seguir otros caminos, estudiar otros conceptos y pintar nuestra felicidad con la brocha que nosotros mismos elegimos para pintar.
No es algo cómodo ni perfecto, pero precisamente por eso es humano.

