EL MÉRITO DE LA ESPERANZA

Jesús Manuel Capita Ruiz

La alegría es para muchos lo que le da sentido a la vida, el único sentimiento que le da un motivo a esta dura existencia y el argumento más contundente contra los nihilistas. Pero, ¿qué sería de la alegría sin la tristeza? ¿Qué valor tendría la alegría sin la ausencia de ésta? 

Ante esto mantengo un pensamiento de corte pesimista. 

Siguiendo este planteamiento, una de las partes más importantes de la alegría es el camino hacia ella, lo que a la inversa se resume en la esperanza de alcanzarla. Es por esto que la alegría no deja de ser un objetivo más que una garantía, una finalidad cuyo bien es efímero.

Todos estudiamos para aprobar con el fin de sacar una nota que nos permita construir un futuro con el que estemos conformes y donde, en mayor o menor medida, seamos felices. Nos esforzamos incansablemente por alcanzar un estado de felicidad perpetuo que no existe. Pero, ¿acaso no somos felices durante el proceso? ¿o es la tristeza que este nos causa lo que le da valor al alivio final? Cuando el propósito aún no se ha logrado, nos regocijamos igualmente en la idea de lograrlo. Es ahí donde la esperanza destrona a la alegría y, no como sucedáneo, sino como preámbulo verdadero de la felicidad que experimentaríamos ante tal éxito.

Pongamos por caso un enamoramiento; hasta que el enamorado dé el paso hacia la otra persona, este vivirá con la esperanza de conquistar a esa persona y será inevitablemente feliz de imaginarse su éxito. En este caso, el periodo de incertidumbre (o de esperanza) compone las impresiones acerca de ese objetivo porque, de darse un rechazo, la única alegría que el enamorado experimentó fue la de imaginarse con su amad@, elevando la esperanza de esa alegría por encima de esta misma. 

Ya nos lo decía Aristóteles, afirmando que todo sujeto no es más que una potencialidad incompleta que aún no ha logrado desplegar ese acto; si tomamos la alegría como el acto final, la esperanza se incluye en la potencialidad previa a éste. 

Dicho de otra forma, como el acto no puede existir de ninguna de las maneras sin la potencialidad que lo precede, la alegría no tendría ese impacto en nosotros sin no fuera por la trágica esperanza de lograrla. De la misma forma que no sabríamos apreciar la perfección del acto sin la imperfección de la potencialidad, no sabríamos disfrutar de la alegría sin haber sido víctimas de la esperanza producida por su ausencia. 

Aunque no siempre se ha tenido esta perspectiva, por ejemplo, Nietzsche desprecia rotundamente la esperanza, pues la considera una mala herencia de unas creencias que premiaban el conformismo y el aguantar un tormento presente ante un futuro incierto, lo que no puede aceptar de ninguna de las maneras al defender su “Amor Fati” (amar al destino), donde Nietzsche anula cualquier refugio ilusorio futuro (la alegría por conseguir en este caso) y aboga por la aceptación de la vida presente, cuyo dolor forma parte de la “alegría” resultante de superarlo. 

Con todo esto, rotundamente opino que la alegría no sería nada sin la esperanza por conseguirla. Es decir, entre la efimeridad de la felicidad y la incertidumbre ante conseguirla, lo más cercano a la “alegría plena” que podemos alcanzar no es más que un producto de la esperanza de haber podido desplegarla, que nos hace sentirnos afortunados tras haber sido víctimas de su ausencia.