Francisco Javier Prieto San Sabas
La alegría es un sentimiento personal, es decir, tiene unas causas diferentes para cada individuo. A pesar de que las personas compartan gustos, y, por lo tanto, causas de la alegría, esta característica de este sentimiento nos lleva a la dificultad de crear una definición general para este concepto sin incluir ejemplos o matices personales. Sin embargo, la alegría o felicidad es considerada en términos generales como la emoción por excelencia. Quién no recuerda los momentos felices que ha vivido.
Si partimos de aquí nos daremos cuenta fácilmente que no existe una vida alegre, como muchos buscan, sino que existen momentos alegres o cosas que nos hacen sentir alegres. Es decir, no existe una vida totalmente alegre, el contraste entre momentos alegres y no alegres hace que los conceptos que mueven esta especie de balanza metafórica cobren su sentido, su razón de ser. Sin el otro, el uno pierde su sentido de existir, convirtiendo la vida en un gris constante.
Si lo vemos desde un punto de vista químico, la alegría, y, por ende, todas las emociones que «sentimos» no son más que un producto de combinaciones de compuestos químicos generados por nuestro cuerpo como una reacción ante una determinada situación. En conclusión, no podemos decir que realmente no sentimos, porque el matiz químico de las emociones no les quita su subjetividad característica, sino que la refuerza. A pesar de que para todos vengan de lo mismo, siguen siendo diferentes para cada uno.
También podemos distinguir tipos de alegrías, pues no todas tienen la misma profundidad en un ser. Apreciamos como animales y niños sienten un profundo sentimiento de alegría al sobrevivir ( comer o recibir cariños en algunos casos), mientras que los adultos necesitan experiencias más profundas para que el sentimiento cale en ellos.
Esto se debe a que su percepción de la realidad es distinta. En el primer ejemplo no conocen nada más allá de lo básico para la supervivencia tanto personal como racial en el caso de los animales. En cambio, en el segundo ejemplo la realidad es algo de una complejidad mucho mayor, por lo que necesitan de un suceso más profundo, normalmente personal, para que su alegría alcance esta profundidad de la que hablamos. Esto nos lleva a la alegría como objetivo de la vida. Muchos jóvenes se plantean como objetivo último de su ciclo vital el ser tan felices en la adultez como lo han sido en la niñez, cosa que es imposible por lo anteriormente comentado.
Por esta razón, quizás podamos concluir diciendo que el objetivo de la vida puede que no sea alcanzar esa felicidad infantil, sino que alcanzar una felicidad adulta y más profunda. Es decir, una razón que dé sentido a nuestra existencia. Y puede que esta no tenga que ser algo demasiado profundo o impresionante, sino algo que haga a esa persona sentir su existencia lo suficientemente gratificante.

