Sofía Vega Fernández
La alegría cómo enaltecimiento de la misma vida. Ver y sentir el curso de nuestra propia existencia como algo sumamente valioso por encima de cualquier acontecimiento trágico y negativo. Ser positivo en las acciones cotidianas, promocionando valores de respeto y tolerancia a los demás.
La belleza de la vida eclipsa la mayor de las tragedias. Aceptamos que la vida tiene cosas horribles, como muerte, dolor o fracaso y aún así afrontarlo con optimismo. Con esto, hablamos de una alegría guerrera, de luchar por ser feliz incluso cuando la vida es de color negro.
Nietzsche utiliza dos dioses griegos para postular su idea sobre esta, Apolo que representa el orden, la razón y la belleza y Dionisio que representa el caos, la fiesta, el vino y el dolor de vivir.
La alegría trágica surge de complementar estas dos para así entender que la vida es un caos pero, sin embargo, darle un sentido y una forma bonita a través de nuestra voluntad y el arte.
Nietzsche critica rotundamente a las personas que dicen que la vida es un “valle de lágrimas” y que la verdadera felicidad puede estar en el cielo ( religión, Dios) o en la razón pura ( Socrátes).
Para él, eso es de cobardes, utiliza la palabra “Superhombre” para justificar que “este” tiene la fuerza para ser alegre en este mundo, uno que pese a las dificultades de la vida sigue en pie y queriendo buscar cosas que le llenen para ser feliz.
Utiliza un concepto llamado “Amor fati”, en latín, que significa amor al destino. Con esto se refiere a soportar las cosas malas que te pasan y recibirlas con amor porque es parte de tu vida. Repetir tu historia con todo lo malo y lo bueno y aún así decir que quieres repetirla pese a todo, a eso se refiere con la alegría trágica.
Es la capacidad de “reírse ante el abismo” es la actitud de la persona que piensa en las cosas buenas de la vida y las disfruta sabiendo que algún día desaparecerán.

