Carlos Ramírez Torres
Para muchos, la alegría se ha convertido en un estado que anhelan conseguir permanentemente, como si fuera una línea de meta. Sin embargo, en esa búsqueda, a menudo se ignora lo fundamental: ¿de dónde proviene realmente este sentimiento o condición? Uno no suele entender el origen de este sentimiento que tanto deseamos alcanzar.
Nuestra llegada al mundo ocurre sin una finalidad establecida, no nacemos con un propósito a seguir. Es solo a través del crecimiento y la experiencia cuando uno se va percatando de aquello que transforma su existencia en un lugar más feliz. Y es en ese proceso de descubrimiento cuando desarrollamos apego hacia aquellas cosas que nos brindan alegría.
Comúnmente, definimos la alegría como esa sensación de tranquilidad y comodidad que surge cuando el peligro y la preocupación se ausentan. No obstante, cabe preguntarse si esa es la única forma de llegar a ella. Frente a la idea de la alegría como un gran estado de paz, existe otra más sencilla: la alegría puede provenir de cosas mucho más pequeñas y sutiles. Y al contrario que Spinoza, hablo de los placeres, no de las pasiones bajas (sexo, vicios), sino la gratificacion que sentimos con las pequeñas cosas, estas si son alegría. Dicho de otra manera, la vida puede estar llena de baches, sufrimientos o cansancio, sin embargo, son estos placeres los que pueden darle una cara bonita a nuestra existencia y hacer que valga la pena todo lo demás.
Creo fielmente en esto que hablo, por algo estoy en 2º de bachillerato y me esfuerzo por dar lo mejor de mí aunque no apetezca, porque sé que la alegría no siempre es placer inmediato. Será al final, cuando obtenga mi nota deseada y sienta la satisfacción de haber cumplido mis objetivos, cuando comprenda que estos dos años no fueron solo «sufrimiento», sino una etapa alegre de mi vida. Porque la alegría no es solo una sensación pasajera que va y viene, sino la sensación profunda que emana por estar donde queremos estar, construyendo el camino que un día imaginamos.
Ahora es cuando otros podrán decir, ¿si no consigo mis metas, estoy condenado a una vida sin alegría? La respuesta parece compleja tras lo explicado, pero puedo decir que no. La verdadera gratificación nace de sentirse realizado y comprometido con uno mismo, más allá del resultado final. Ahora dirán que se puede vivir en la completa ignorancia y tener una vida retirada alejado de la civilización donde no exista preocupación alguna y por tanto uno no necesita reunir esfuerzos para nada. la filosofía de Albert Camus nos ofrece una salida mucho más valiente. Al enfrentarnos a un mundo que a veces parece absurdo, Camus nos enseña que la alegría no es un premio que obtenemos al final, sino un acto de rebeldía diario. Al igual que en el Mito del Sísifo, donde se encuentra sentido al acto de subir una piedra una y otra vez a pesar de la dureza del camino, nosotros encontramos nuestra alegría en la voluntad de seguir intentándolo. Como decía el autor, “el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre”.

