Maria Eugenia Cortés Rodríguez
La verdad que se esconde detrás de esta sensación es que puede ser algo sumamente vacío y desolador.
No está sujeta a nada estable, de un momento a otro aquello que te hacía sentir bien puede producirte una sensación muy alejada de esta. Por ejemplo, desde mi perspectiva la feria era una tradición muy alegre, incluso maravillosa. Sin embargo, el primer día de esta puedo tropezarme, romperme el traje y no volver a verla de la misma manera. Ahora la feria, que yo había asociado con la alegría, me produce rabia y decepción. Tal vez porque la alegría es tan voluble como el propio ser humano.
Además, a mi lado tendré a otras personas que asocian la alegría a una cosa diferente cada uno y en el momento en que se me rompe el traje ninguna de estas se ve afectada, porque es personal, pero no necesariamente profunda en sí misma. La alegría es puramente superficial, como sugiere Emil Cioran, “toda alegría es una ilusión que se agota”, lo que refuerza la idea de que esta sensación, lejos de alcanzar profundidad, puede resultar tan efímera como engañosa. Por esta razón resulta tan triste que haya personas que confundan esta con la felicidad. ¿Por qué confundimos lo intenso con lo profundo? A lo mejor para algunos la alegría es como las migas de pan en el famoso camino en busca de la felicidad, o a lo mejor porque nuestro mundo se ha vuelto tan superficial que hasta nuestras propias emociones lo son.
Pero si en un ámbito de desesperación esta resulta ser lo único a lo que aferrarse para salir del vacío, por más efímera que sea, entonces cómo podríamos clasificarla. Ahí reside el problema de la alegría: como una emoción tan simple y primitiva puede llegar a ser tan compleja.
Quizá, en cierto modo, podría resultar bella. A lo mejor sea la única cosa que tenemos todos los humanos en común más allá de nuestra biología, desde el quien la encuentra a través de actos egoístas, hasta quien la halla a través de un acto de altruismo. Es lo que siempre tendremos en común porque es tan básico y primitivo que nadie podrá arrebatarla a otro por breve que sea. Pero por más bello que pueda parecer no dejo de encontrarlo desolador, lo que se define como superficial, efímero y vacío es hoy en día lo único que todos y cada uno de nosotros compartimos.
Y es que por más que queramos verla desde otro punto de vista y endulzarla viviendo así en la cómoda ignorancia, la alegría siempre tendrá un componente trágico. Para su desgracia esta convivirá de forma permanente con su antónimo. Por ello, nace sabiendo que no puede permanecer ya que tiene una sombra que la acompaña. Por eso, incluso en su máxima plenitud, la alegría no queda libre de la tristeza que lleva consigo.

