LA ALEGRÍA EN VENTA

Guillermo Julián García

La “La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección.” — Baruch Spinoza

La alegría, a lo largo del tiempo, ha sido entendida como un afecto que aumenta nuestra capacidad de actuar y de comprender. Sin embargo en la actualidad, parece haber sido sustituida a una forma más superficial: la alegría como producto. Ya no se trata de un proceso relacionado al desarrollo del individuo, sino a algo que se compra, se consume y, en el mejor de los casos, se exhibe. ¿Seguimos entonces experimentando alegría o simplemente consumiendo su imitación?

Desde la perspectiva de Spinoza, la alegría implica un aumento de la potencia de obrar, un tránsito hacia una mayor perfección. Esto significa que no puede ser algo pasivo ni dependiente exclusivamente de factores externos. Sin embargo, la lógica contemporánea parece funcionar exactamente al revés, se nos presenta la alegría como algo que llega desde fuera, como resultado de adquirir experiencias, objetos o reconocimiento social, siendo los principales causantes de esta desagradable situación las redes sociales, la publicidad y las dinámicas de consumo que construyen una imagen de la felicidad inmediata, accesible y constante. Pero, si la alegría depende completamente de estímulos externos, ¿no pasa de ser un afecto activo para convertirse en una dependencia?

Siguiendo este planteamiento, la mercantilización de la alegría no solo transforma su significado, sino que también altera nuestra forma de actuar. Claro que, en lugar de buscar aquello que realmente aumenta nuestra capacidad de ser y comprender, perseguimos aquello que promete una gratificación rápida. El problema es que estas formas de “alegría” son inestables y efímeras. Funcionan como afectos pasivos en términos spinozistas (dependen de causas que no controlamos y que desaparecen con facilidad, dejando detrás de estas una sensación de vacío que alimenta de nuevo el consumo).

Poniendo por caso uno de los ejemplos anteriores, el uso de las redes sociales, podemos comentar sin reparo que la obtención de reconocimiento inmediato: un “me gusta”, un comentario, o una validación externa, no generan otra cosa que una forma de satisfacción que podría confundirse con la alegría. Sin embargo, esta depende completamente de factores externos y variables, no aumenta realmente nuestra potencia de actuar, sino que nos hace más dependientes de una respuesta ajena. Pues no solo no nos hace más libres, sino que limita nuestra propia autonomía.

Seguido de esto, cabe comentar que esta dinámica encaja con una crítica más amplia que ya preveían otros pensadores. Tomando en consideración a Nietzsche, podemos aclarar que este denunciaba aquellas formas de vida que debilitaban al individuo bajo la apariencia de bienestar. Aunque su contexto era distinto, su crítica puede reinterpretarse en el tema anteriormente comentado, una alegría basada en la evasión o en la dependencia externa no afirma la vida, sino que la reduce. Del mismo modo, retomando a Spinoza, nos queda claro que una alegría que no nace del conocimiento ni del aumento de nuestra potencia difícilmente puede considerarse auténtica.

Es entonces en este punto en el que la mercantilización de la alegría revela una paradoja, ya que, cuanto más se nos promete, más difícil parece alcanzarla de forma real. La constante exposición a modelos de felicidad idealizados genera una comparación permanente que, lejos de aumentar nuestra potencia, la disminuye. Se produce entonces un círculo en el que la búsqueda de alegría conduce a la frustración, y esta, a su vez, impulsa un mayor consumo.

Frente a esto, recuperar la concepción de la alegría como apego activo implica un cambio de perspectiva. No se trata de rechazar toda forma de placer o experiencia externa, sino de comprender que la alegría auténtica/real no puede reducirse a ellas. Surge cuando actuamos de acuerdo con lo que somos, cuando comprendemos mejor la realidad y cuando aumentamos nuestra capacidad de intervenir en ella. Es entonces, por tanto, inseparable de la libertad.

En resumidas cuentas, la alegría no puede ser un producto sin dejar de ser lo que es. Convertirla en un objeto de consumo es vaciarla de su contenido esencial y reducirla a una sucesión de estímulos pasajeros. Si la alegría, como afirmaba Spinoza, es el paso hacia una mayor perfección, entonces no puede comprarse ni imponerse, solo puede construirse desde dentro, a través del conocimiento y de la acción.

“La beatitud no es el premio de la virtud, sino la virtud misma.” — Baruch Spinoza

Quizá el problema no sea que falte alegría, sino que como sociedad hemos aceptado una versión demasiado pobre de esta misma. Una que entretiene, pero no transforma, que a largo plazo es un mal negocio incluso para quien solo quiere sentirse bien.